En el 4 de noviembre, los Programas Latinoamericanas (o LAP) organizó su evento del Día de Los Muertos para los miembros de la comunidad de la Universidad Estatal de Nuevo México. Los visitantes disfrutaron pan de muerto, chocolate caliente, y varios altares construidos por diferentes clubs del campus.
Antes de la llegada de los europeos, fue costumbre celebrar las vidas de los amados fallecidos en las culturas y religiones mesoamericanas. Las culturas indígenas mantuvieron la creencia que la muerte no fue el fin de la existencia, si no que el principio de un nuevo capítulo en el viaje de una persona. Debido a esta creencia, era común para las familias a dejar ofrendas a los espíritus de los fallecidos en forma de comida, bebidas, o decoraciones.
Después de la conquista española de México, estas tradiciones sincretizaron con las festividades católicas del Día de Todos los Santos (1 de noviembre) y el Día de los Fieles Difuntos (2 de noviembre). Hoy, el Día de Los Muertos se celebra en varias comunidades de México y los Estados Unidos.
Un estudiante que atendió, Natalia Sierra, dijo que celebrando el día festivo en el campus le ayude reconectar con su herencia cultural.
“La idea es maravillosa,” dijo Sierra. “Obviamente, me llega al corazón porque forma parte de mi cultura. Aunque soy chicana, no crecí con esta concepción de lo que significa ser chicana. Pero cuanto mayor me hago, más valoro estos aspectos culturales. Tan solo pensarlo me reconforta, porque saber que existe este momento para honrar a quienes han fallecido, incluso cuando sabemos tan poco sobre la muerte. Así que, tener la idea de que aún pueden estar conmigo de alguna manera me da muchísimo consuelo.”

Algunos miembros de LAP instalaron una mesa para ofrecer actividades a los estudiantes durante el evento, como dibujos para colorear de calaveras de catrina. Roxana Estrada, una estudiante del personal, comentó que estas actividades, entre otras, mantuvieron a los estudiantes entretenidos.
“Esta actividad consiste en pintar calaveritas, o cráneos de los muertos,” explicó Estrada. “Como sabíamos que algunos llegarían sin nada que hacer, pensamos en que colorearan algo. Cada club preparó un altar, y uno de ellos es un altar comunitario. Lo que hacemos es que los estudiantes pongan una foto de un ser querido en su teléfono, le tomamos una foto Polaroid y, cuando la imprimen, la colocan allí, por si acaso algún estudiante no tiene una foto física a mano.”
Durante el evento, el grupo Teatro Sin Fronteras presentó a los visitantes uno de sus libros. “Codex Miquiztli” es un relato ilustrado de los orígenes indígenas del Día de Los Muertos. El libro está encuadernado en formato de acordeón, similar al de muchos códices mesoamericanos. Está escrito en inglés, español y náhuatl, y se vendió a 20 dólares.
El autor del Códice Miquiztli, Demian Chávez Galván, habló sobre cómo la creación del libro no solo tuvo un gran significado cultural para elle, sino también como proyecto personal.
“Es mi cultura, pero también es mi propia conexión personal con ella,” dijo Galván. “He estado pensando mucho en esto. Llevo unos dos años dándole vueltas. El año pasado hicimos una obra de teatro, y la adaptamos para este libro. Han sido dos años de investigación sobre el idioma, la historia y la cultura; cómo la gente de aquí, durante los últimos quinientos años, ha honrado y celebrado a sus muertos, y cosas por el estilo. Así que le he dedicado mucho tiempo y esfuerzo. Me importa muchísimo.”

Galván afirmó que el enfoque del libro en las raíces indígenas de la cultura mexicana moderna busca animar a los latinos/as a honrar las influencias nativas en sus tradiciones. Hoy en día, millones de mexicanos aún hablan sus lenguas indígenas, incluido el náhuatl.
“Una frase que me gusta mucho es: ‘México venera al antiguo indígena y denigra al indígena moderno,’ ¿verdad?” dijo Galván. “Existe una enorme y próspera población indígena en México que aún practica estas tradiciones que perduran. Tendemos a pensar en ellas como algo del pasado, pero el libro nos ayuda a darnos cuenta de que son parte del pasado y del presente. La última página del libro compara Tenochtitlán con la ciudad que se construyó sobre sus ruinas, 500 años después. Se trata de ese hilo conductor.”

